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Denise Scott Brown aprendió a “aprender del paisaje existente” mucho antes de salir de la AA a mediados de los cincuenta y definitivamente varias décadas antes de comenzar a teorizar y complejizarlo todo junto a Robert Venturi. Fue en Johannesburgo donde descubrió la iconografía de la vida sudafricana; los signos que le abrieron las puertas a la cultura en la cual estaba inserta y que muchos años despúes le permitirían reivindicar la cultura comercial vernácula norteamericana.
Cuando las escuelas embarcaban a sus alumnos a aprender de la Ecole des Beaux Arts Europea, Denise se quedó, llevo a su taller a estudiar el Strip de Las Vegas, y de ahí nunca salió. Denise aprendió de lo ordinario, hizo de lo vulgar un fetiche y lo declaró sin ninguna verguenza. Mientras los arquitectos se maravillaban con la piazza italiana, Denise analizaba la plaza de estacionamientos a través del Pop Art de Rocha. Fotografió por años fachadas griegas y faraones de plástico, observó su evolución desde sprawl inconográfico a escenario Disney, invitó a Venturi, y juntos desarrollaron el último manifiesto de la arquitectura, poniendo en su sitial dentro del urbanismo contemporáneo a la estación de servicio, al tinglado decorado, al sprawl, al antejardín, al garage y a la M de Mc Donald´s. Los arquitectos escribian la historia desapasionada de la forma sin ornamento y Denise declaraba su amor ferviente al Bungalow, al siding, al billboard, al ketchup y al castillo de Disneyworld. A quién le puede importar a estas alturas que no haya obtenido el Pritzker junto a Venturi, Denise siempre supo donde estaba parada, inventó la cultura urbanistica norteamericana donde todos veían un basural y siempre se quedó. Se quedó para contarla.
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