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Entre los fragmentos de la ciudad sin ley, el guaren se interna en la población, su campo de batalla, llenando con reglas propias los espacios residuales de los muros de la privatización. Poco tiempo para la duda y toda la vida para la acción.
La historia de la ciudad industrial, estuvo marcada por la figura del flaneur parisino, el hombre moderno, que se internaba en las calles de Paris deslumbrado por lo que el progreso ofrecia al habitante. Con el tiempo la individualidad del flaneur, un sujeto ensimismado, dio paso a la hipertrofia del ciudadano testigo que establece con el paisaje urbano una relación escencialmente visual, convirtiendo todo lo que observa en un dominio sin posesión, un objeto que le pertenece pero no lo suficiente como para actuar y modificarlo. Con el paso de varios años nos llenamos de ciudadanos pasivos que inamovibles observan la lenta agonía de la vida urbana atravesada por el efecto letal de las autopistas y los megaproyectos, ahogandose inertes con su aire y el olor de sus aguas contaminadas, observando sin mayor preocupación la consolidación de las reglas del libre mercado y la metastasis de los asentamientos urbanos informales. Afortunadamente, fueron estos últimos los que libraron la última batalla, rompiendo la inercia, al desarrollar las condiciones para engendrar al protagonista de la ciudad del siglo XXI, el actor urbano activo reflejado en la figura del guaren.
A diferencia del flaneur europeo que observaba por encima de los habitantes las nuevas luces de la modernidad, el guaren observa desde abajo, perdiéndose en la estructura orgánica de la ciudad improvisada, buscando oportunidades en cada esquina, olfateando con sentido agudo la próxima oportunidad. Nada se escapa a este observador/actor intenso, ni la tierra y el polvo de las canchas con sus arcos oxidados, ni las fachadas de madera con sus habitantes allegados. El guaren registra cada detalle de la periferia como una posible oportunidad, un próximo proyecto, un paso más cerca hacia la vida digna.
Con la astucia de la calle, como dice un amigo, transgrede todas las reglas de la desigualdad que garantizan el acceso o la opinión, cruzando los umbrales de los edificios institucionales con su olor a ajenjo, colonizando todos los territorios, desplazándose sin otro objetivo que el suelo, su única posesión.
Sin ninguna pretensión, el guaren desprendido de las obsesiones materiales del dandy de clase media, desarrolla una lucha incesante por el suelo. Llevando hasta el limite la tradición de resistencia indigena en latinoamerica, no sólo declarando abiertamente la lucha por las tierras sino que garantizando además mejores condiciones de vida, soslayando las reglas del mercado, y esquivando los efectos de la especulación y las voluntades politicas.
Observar con el ojo pensante, ya no es suficiente para el guaren, quien toca, escucha y dialoga con su territorio, un buscavida, mucho más cercano al actor del Paisaje de Eventos de Virilio, que encuentra un lugar dentro de los grupos, dialogando con todos los habitantes, haciendo buen uso de todas las redes desde las tangibles hasta las virtuales.

Al igual que el numero de asentamientos anónimos alrededor del mundo, infinitos guarenes desconocidos recorren anónimos los laberintos de la desigualdad. Lejos de la figura heróica moderna de tantos protagonistas del diseño, el guaren se desprende del romanticismo y abraza su condición esencialmente prática. Prescinde del objeto burocratico como lo es un titulo universitario y apoyandose de la red planifica, gestiona, diseña y construye la ciudad. La próxima vanguardia esta en la acción de cualquier ciudadano, en palabras situacionistas.
El siglo veintiuno y su cultura de redes darán el mejor espacio a algún guaren para recomponer el gran teatro de la ciudad contemporánea , al igual como lo hizo Benjamin a principios del siglo pasado, fragmento por fragmento. Paris, la cápital del siglo diecinueve, la periferia, capital del siglo veintiuno. Por el suelo y todos los guarenes que andán alla afuera buscando la próxima oportunidad.
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